¡Fálico!
Pero también divino. Dichos adjetivos son usados para determinar el porqué de las arquitecturas de todas las épocas. Largas y estrechas. Obeliscos egipcios, rascacielos, todos estrechos y alargados. Enormes p-ollas o escaleras que nos acercan a lo divino y desconocido. Que llevan nuestras almas del mundo material al ideal para quien crea en tal dualidad y sacralice el material inerte del universo...Materiales de todas las épocas, elegidos como la mejor de las alternativas, sirven de alfombra roja (o semen de la creación, pongamos 'divina' para legalizar) de tales obras, pues cada época rige sus productos como los más novedosos y bellos, lo más alto a lo que la invención humana ha llegado hasta ese momento.
¿Y qué c-ño hay ahora? ¡Cemento!, ¡hormigón!, cables que sumen una ciudad en una telaraña de información masiva y VACÍA cuyos flujos nos adormecen lentamente e idiotizan con la más hipnótica de las recetas. No me meto con la estética, eterno circunstancial que, gracias a un voluntario y necesario sentimiento flàneur encuentro extremadamente ATRACTIVO Y BELLO (y hasta me atrevería a decir que fuente de felicidad cuando todo lo demás son ideales muertos).
¿Divino, fálico? ¡¡¡Sigue siendo lo mismo!!! Las enormes antenas parabólicas no son más que una continuación del camino de nuestra sociedad a lograr alcanzar los ideales que nos inventamos.
QUÉ MEJOR QUE TALES ANTENAS (prolongaciones metálicas de nuestra vivencia cotidiana) PARA ACERCARNOS A NUESTRO DIOS ACTUAL: LAS RELACIONES SOCIALES MEDIANTE REDES Y TELEFONÍA.
¡Oh, sí! Ya es hora de inventar nuevas oraciones. Recemos a nuestro yo falso e idealizado gracias a una página. Nuestra personalidad y físico perfectos gracias a la censura de información. Nuestra sagrada Hipocresía, reina y señora de los contactos sociales.
Recemos. Recemos todos. Porque para qué preocuparse por todo esto cuando podemos inventarnos fuerzas mayores a las que tirar responsabilidad. Sólo hay un PEQUEÑO problema. Algún día, nos daremos cuenta de que esas fuerzas mayores no existen. Y será entonces cuando todo lo que un día tiramos al aire caiga con fuerza sobre nuestras cabezas.
¡PUM!.



